Cruda realidad “Ha caído Irlanda”

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manifestacin_povida_en_irlandaIrlanda era el último. Irlanda era la Numancia de la Vida, el último reducto, el último Estado independiente. Apagada esta débil pero triunfante luz, ya todo es sombra.

Ha caído Irlanda. No tengo otro modo de expresarlo. No sabría empezar diciendo simplemente que, según todos los sondeos, el rechazo a la disposición constitucional que protegía la vida del no nacido ha ganado por casi dos tercios. Porque no es, sin más, otro país que cae bajo la tiranía de la Cultura de la Muerte.

Ya que ayer hablábamos de frikis, haré hoy una referencia friki: siento como si hubiera caído Gondor, como si la Batalla del Anillo se hubiera perdido y toda la Tierra Media hubiera caído en poder de Mordor. Irlanda era el último. Irlanda era la Numancia de la Vida, el último reducto, el último Estado independiente. Apagada ésta débil pero triunfante luz, ya todo es sombra.

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Manifestación provida bajo el lema "Mantener Irlanda libre de abroto"

Para hacerlo todo más sombrío, lo han elegido los irlandeses; ni siquiera ha sido, como en la mayor parte del mundo, como en nuestro país, un trágala impuesto por un gobierno. Lo han elegido Molly y Paddy, y no voy a ocultarles que me invade el desánimo.

Aborrezco, lo confieso, hablar sobre el aborto. Hemos agotado los argumentos y los bandos estás encastillados. No vamos a convencer a quien nada le importa, en realidad, que se trate de un ser humano vivo, porque hace demasiado tiempo que esa no es la cuestión.

El aborto no es un asunto más. El aborto es la piedra de toque del progresismo tanatófilo. Sin aborto, no hay un sistema de reserva por si fallan los anticonceptivos, con lo que no hay seguridad en eso que llaman ‘sexo libre‘, que viene a ser como llamar ‘alimentación libre’ a comer y vomitar después, a comer sin nutrirse.

El aborto, lo dicen abiertamente las feministas radicales de Femen, es su sacramento. No ceden en nada, pero en cualquier cosa cederán antes de hacerlo en el derecho a matar el fruto de la concepción antes de que nazca.

Una quiere pensar que, tarde o temprano, se impondrá lo obvio; que una cultura como la nuestra, cada vez más basada en la negación de la naturaleza y en una morbosa atracción por la muerte, es inviable, y que el instinto de supervivencia saltará como un resorte en el último momento y Europa, Occidente, rectificará. Sigo creyendo en lo primero, pero desespero ya en cuanto a lo segundo. Es decir, sí, naturalmente, ninguna civilización puede sobrevivir a las premisas en que se basa la nuestra, a la atomización y la trivialización, al odio a lo normal y a todo lo que tenga más de unas pocas décadas de antigüedad, a la manipulación orwelliana del lenguaje y del pasado, al masoquismo y al auto odio civilizacional, a la aversión por la familia y por las autoridades naturales, a la conversión del poder político en un remedo de Dios, al enfrentamiento de los sexos, a la promoción de lo estéril, a las demandas de distribución sin producción, al gélido invierno demográfico.

Europa Occidental es un rico viejo chocho que ha caído en una demencia senil que lo asemeja al peor prototipo de adolescente en todo menos en la esperanza y la energía.

Predecía Chesterton que tras todas las ideologías de su tiempo llegaría al fin el sistema definitivo, el régimen de los ricos decididos a divertirse a costa de lo que sea. En ello estamos.

Pero ya no veo cómo podríamos escapar de esta. El instinto está adormecido, quizá muerto, tras décadas de propaganda incesante y mucho más efectiva de lo que hubiera soñado cualquier maestro de distopías.

Es la agobiante sensación de que no queda resquicio, no hay refugio. El sol de nuestra civilización se ha puesto en el Este, la verde Irlanda ha caído.

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